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Página dedicada a Rafael Forns en el Álbum de Españoles Ilustres de principios del siglo XX, editado por la revista Blanco y Negro en 1904


EN EL SALÓN DELCLAUX: UN NUEVO MAESTRO DEL PAISAJE, DON RAFAEL FORNS.
Por Antonio Méndez Casal. La Gaceta del Norte, 1 de febrero de 1919.

El señor Forns ha enviado a Bilbao lo que pueden juzgar mejor los bilbaínos: el ambiente en que viven. Todas las modalidades del campo, de la ciudad, de la fábrica, de la mina, del mar y de la tierra, han sido analizadas por el certero pincel del artista. Y es digno de anotarque aquellos asuntos tildados de prosaicos por espíritus que no saben ver -lo industrial- han sido tratados con todo vigor , con una recia energía hecha arte, constituyendo un canto varonil y bello al esfuerzo humano.

Los cielos eternamente grises, envolviendo y suavizándolos objetos; las nieblas melancólicas, los campos de esmeralda con brillantes de rocío, todo ha sido motivo de hondo estudio. Y el artista no se ha limitado a interpretar pequeños trozos del natural; extensiones enormes han sido resueltos con la misma facilidad e idéntico criterio que si de un limitadísimo horizonte se tratase; ello supone un dominio enorme de la perspectiva aérea que sólo puede conseguirse a fuerza de sensibilidad de retina. Por otra parte, la pintura española de paisaje, debido a la influencia sorollesca apenas pinta otros momentos que los efectos del sol. Los paisajes norteños son desdeñados y los días grises, de lluvia o de niebla, muy rara vez, y siempre malamente, constituyen objeto de estudio; claro está, que esto ha tarído como consecuencia la profusión de un arte de receta. Efectos de sol se pintan en todas partes, y más de un artista conocemos que pinta la luz solar con la misma intensidad y los mismos matices en Oviedo que en Sevilla. Y lo cierto es que, sin negar belleza a los cuadros de luz solar, no hay más remedio que reconocer la superioridad cromática de un exquisito cromatismo –de los paisajes norteños. Esos días grises, engendradores de profundas melancolías, invitanm al ensueño, envuelven al paisaje en una luz de misterio, y tienen un raro encanto.

El fuerte del pintor Forns, es este momento del paisaje, y es digno de anotar, por otra parte, el hecho de que en el momento actual España no tiene paisajistas del gris ambiente norteño. Y la culpa de ello, no está en la falta de artistas con actitudes para la empresa, no; está en la rutina, en el fácil caminar por el sendero concurrido. La tradición pictórica en materia de enseñanza, hállase concretada exclusivamente en Roma. A todo artista que promete, se le envía a la Meca del Arte, y claro está que el joven inclinado a la pintura de finos grises – de esos grises tan españoles- no encuentra allí ocasión de pintarlos; todo son notas cálidas, meridionales, a las que se acostumbra, y de las que ya en su vida no sabrá prescindir. Una vez en el solar patrio, no encuentra luz en el norte, no sabe ver la infinita poesía de lo gris, su retina está pervertida y España adquiere un artista meridional a cambio de perder un cantor del Norte.

El señor Forns dirigió sus pasos hacia el norte de Francia, Inglaterra, y hasta creo que a Suecia, extendió su peregrinación en busca de las exquisiteces de lo gris. Y como es el camino lógico, adiestró su retina, hizo obedecer a la mano, y he ahí como resulta explicado el hecho de interpretar magistralmente el fino ambiente bilbaíno.

Otro problema ha planteado y resuelto brillantemente el señor Forns. La actividad industrial moderna, ¿puede ser asunto digno del arte? Tanto se ha repetido lo de “prosaico de la industria” que llegó a formar ambiente en contra del tema. Ni en la literatura, ni en la pintura española, se ha abordado de frente el problema. En la pintura de Vicente Cutanda, en años ya lejanos, se ocupó de ello; pero es preciso declarar que con desgracia. En la literatura no había que tocar el tema ¡sería una profanación!, mas he aquí que un apreciable movimiento extranjero ataca de frente el problema, lo resuelve, lo engrandece, y canta poéticos himnos al trabajo y al esfuerzo humano. Recordemos la vibrante novela El Túnel y toda una serie de libros en los cuales la energía humana aparece radiante, exaltada. Y ahí tenemos también un artista tan genial como Frank Bragwyn, que sabe desarrollar el tema con una grandeza, integrada al propio tiempo de elementos considerados hasta poco hace como plebeyos.

Los enérgicos aspectos de la industria bilbaína, aparecen interpretados de manera admirable por el señor Forns. Los altos hornos, orgullo de todo buen bilbaíno, preséntanse por el artista en sus infinitos aspectos: el grandioso incendio del cielo reflejado en las aguas, la apocalíptica salida de los humos alternando con grandes llamaradas; la mole imponente surgiendo altiva; todo, en suma, ha sido analizado y resuelto con gran acierto.

Contemplad esos cargaderos de mineral en un ambiente propicio a su exaltación, y observaréis que el artista no ha podido elegir hora de luz más adecuada y punto de vista más justo. Ahí se exponen varias vistas de la campiña bilbaína y observaréis cómo el artista no ha esquivado la reproducción de elementos de industria, antes al contrario, esos elementos componen el paisaje, ya con brillantes notas de color o bien con elegancias de forma que manifiestan el talento creador del hombre.

Bien quisiera hablaros de la técnica del artista, técnica de una admirable sencillez, en lo cual estriba precisamente su valer; no nos atrevemos, porque es asunto, más bien de publicación de carácter técnico. No terminaremos sin hacer constar el aprecio que su pintura merece en Madrid a los críticos más severos. Rafael Domenech, cuya crítica no se adviene con las benevolencias en uso, es un admirador severo de Forns, y en su pintura ve el nacimiento de una nueva escuela de paisajistas, que recogiendo todos los modernos ensayos, no se afilia a ningún grupo; no hace otra cosa que aprovechar todo lo que sea útil y digno de ser incorporado a la nueva orientación del paisaje.


La_Esfera_20_7_1918Portada de La Esfera del 20 de julio de 1918 con el cuadro “Iglesia de San Manuel y San Benito”, de Rafael Forns.


DON RAFAEL FORNS, MÉDICO Y PAISAJISTA.
Por Francisco Pérez Dolz. El Heraldo de Castellón, 8 de agosto de 1918.

Una tarde de verano, hace ya de esto ocho o nueve años, -era una de aquellas inolvidables tardes del Grao- tuve ocasión de hablar del ilustre doctor Forns con su padre, el difunto don Antonio, cuyo recuerdo vivirá por mucho tiempo entre nosotros. Fue de este modo: estaba el buen don Antonio en el embarcadero, teniendo en sus manos, con la filosófica paciencia que era de rigor en tan inteligente aficionado, la caña de pescar. Acerquéme a saludarle y a husmear su éxito de aquella tarde, y me contestó volviendo apenas el rostro, como conviene al buen pescador, que no debe perder nunca de vista el bermejo flotador atento a sus señales…
– ¿Cómo va, don Antonio?
– No vamos mal, no vamos mal; hoy parece que pican más que ayer.

Largo rato estuvimos silenciosos los dos observando la boyezuela de su aparejo, cosa siempre la misma y siempre interesante, y al cabo me preguntó el doctor:
– ¿Cuándo llegó usted de Madrid?
– Hace poco. ¿Por qué…?
– Por si había usted visto a mi hijo.
– ¿A don Rafael? Sí, señor; pero siempre le veo brevemente. Ya sabe usted que su hijo suele andar por las calles cual si en los cuatro puntos cardinales a la vez solicitaran con impaciencia de su ingenio, tan fértil, la solución de algún grave conflicto.
– Oh, sí; es muy activo, y muy trabajador, un incansable, vaya. Pues…  aguarde; parece que…  pues no: estos diablos se llevan la gamba entera. Le decía que Rafael me ha enviado una revista con un trabajo suyo muy notable: unos estudios bacteriológicos. Vea usted; aquí en el bolsillo de la americana la tengo. Tire usted de ella y véalo.

En efecto, ojée la revista médica y vi en ella un artículo largo, ilustrado con porción de grabados, de análisis microscópicos. Como lego en la materia no pude darme cuenta del valor de aquel trabajo que creí muy grande. El doctor me indicó:
– Los dibujos son suyos también.
– Sí, ya sé que pinta…
– Bah, es aficionadillo a la pintura.

Calló un buen rato, siempre atento a la grave ocupación piscatoria y después añadió:
– Pero, amigo mío, eso de pintar no tiene nada de difícil, lo hace cualquiera. Es un entretenimiento, nada más.

El buen don Antonio siguió hablándome, con legítima ufanía de padre, de los méritos científicos de su hijo, de su fama de operador, su labor al frente de los estudios de Higiene, en la Facultad matritense de Medicina, como continuador y modernizador de las peregrinas ideas del gran Letamendi, su maestro y pariente.

De su afición a la pintura tenía yo noticia más clara por haber visto por entonces, en una Exposición del Estado, unos cuadros sombríos, de ambiente familiar, poco interesantes en verdad. Por esto comprendí que a su buen padre no le pareciera digno de figurar ese tema en una conversación en la cual se tratase de los reales méritos de su hijo. Como profesional y como padre no podía ver en él más méritos que los cosechados en científica lid.

Pasaron algunos años y circunstancias  de mi profesión me hicieron intimar con el catedrático de San Carlos. Poco hacía que habilitó para vivienda suya la célebre casona de los Vargas, en la pintoresca y silenciosa plaza del Cordón, famosa desde los tiempos de Cisneros, e hizo mudar el nombre de la calle de Santos Justo y Pastor por el del Dr. Letamendi. A propósito de unos bordados populares castellanos visité su nueva casa, y tuve entonces una de las sorpresas más fuertes de mi vida, descubrí que el doctor Forns pintaba como un maestro. Como él advirtiese mi asombro hízome subir a sus estudios donde contemplé más de doscientas notas de paisaje, de variadísimo caracter, aumentando de uno en uno mi sorpresa y naciendo en mí una sincera y espontánea admiración. y todo ello se convirtió en estupor cuando el inaudito maestro me aseguró que tantas notas eran la obra de unas vacaciones de verano.

De entonces a acá he visitado muchas veces el estudio del doctor y la clínica del artista, invadida ya de impresiones de paisaje-, y siempre he admirado nuevas muestras de su poderoso ingenio de pintor. Hoy día comienza la crítica a fijarse en él, como lo prueban de artículos publicados en la prensa de Barcelona y Valencia,  a raiz de las dos exposiciones celebradas recientemente en ambas capitales, y los de don Rafael Domenech y el señor Méndez Casal en ABC y Blanco y Negro.  Conozco la opinión de algunos pintores: Anglada, Sorolla, Mongrell y tantos otros, han celebrado, con elogio caluroso, las pinturas del doctor Forns, nuestro ilustre paisano.

Y siempre que he visto esas pinturas o he conocido sus felices éxitos, he recordado a aquel buen padre, incrédulo, fallecido poco antes de comenzar para su hijo las glorias de artista.

F. Pérez Dolz